Honeydripper, blues a fuego lento

Partimos del hecho de que John Sayles es un aclamado director independiente y que, por tanto, su película bluesera se alejará de la suntuosidad de las hollywoodienses visiones del mundo afro que últimamente se nos han ofrecido (Fighting Temptations, Dreamgirls, Four Brothers...) ¿Será esto garantía suficiente? Rotundamente no.

La película se centra en Tyrone Purvis (Danny Glover), veterano pianista y dueño de un bar sin parroquianos en la pequeña población de Harmony (Alabama), durante la década de los cincuenta. Asfixiado por las deudas, Tyrone pone en marcha con la ayuda de su amigo Maceo (Charles S. Dutton) un plan desquiciado para salvar el Honeydripper, su local, que implica burlar al racista sheriff de la localidad (Stacy Keach), poner a prueba la solidez de su matrimonio, y hacer pasar a un joven vagabundo que acaba de llegar a Harmony por un célebre guitarrista llamado Guitar Sam, cuya actuación en el bar de Tyrone salvaría el negocio.

Aunque el filme retenga puntos positivos como la exquisita fotografía del mundo rural, racial y algodonero, o momentos lúcidos como conversaciones sobre los orígenes del blues o la típica paradoja de la señora blanca marchita y amargada frente a la chacha negra humilde, feliz y digna, la película adolece de una trama argumental hueca, recalcitrantemente lenta y superficial. Se trata de la típica idea fabulosa en la que la falta de medios la revienta, perdiéndose la oportunidad de ahondar en la convivencia racial en pequeños pueblos, la percepción de la guerra de Vietnam de fondo y el albor de un género (el rock’n’roll) de brazos del blues.

En cuanto al apartado musical, aunque un poco topicalista en el sentido de que todo negro viviente nace musicado, los números de blues y gospel grabados en directo –sin playback ni repeticiones– junto con el concierto final pueden conseguir que a afromelómanos como un servidor se le vaya la sensación de haber perdido el tiempo y el dinero.

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